Farmear aura y el derecho a la ciudad: por qué los jóvenes necesitan espacios públicos

Farmear aura - que es

Durante años nos dijeron que había que preocuparnos porque los jóvenes ya no salían de casa. Que las nuevas generaciones estaban pegadas al celular, que habían sustituido las amistades por seguidores, las plazas por TikTok y las conversaciones por mensajes. Se construyó todo un discurso alrededor de una juventud supuestamente aislada, incapaz de convivir como “antes”. Ahora resulta que los jóvenes están saliendo. Se están reuniendo en parques y plazas para bailar, hacer poses, competir, reírse, conocer gente y participar en algo colectivamente. ¿Y cuál ha sido una de las primeras reacciones? “Qué cringe”.

Quizá entonces el problema nunca fue realmente que los jóvenes estuvieran encerrados. Quizá lo que nos incomoda es que salgan y utilicen el espacio público de una manera que nosotros no controlamos ni entendemos.

Las llamadas “batallas de aura” pueden parecer una tontería. De hecho, probablemente lo sean. Y esa es precisamente una parte de su encanto. No todo lo que ocurre en una ciudad necesita ser productivo, rentable, educativo o trascendental. A veces un grupo de morritos simplemente quiere reunirse en una plaza para hacer poses absurdas frente a otros morritos. Y una sociedad capaz de permitir que sus jóvenes hagan cosas inútiles, espontáneas y divertidas en público probablemente está bastante más sana que una donde cualquier forma de ocio debe ocurrir dentro de un establecimiento, detrás de una pantalla o pagando una suscripción.

¿Qué significa realmente farmear aura?

“Farmear” viene del lenguaje de los videojuegos y significa realizar acciones repetidamente para acumular recursos, experiencia o recompensas. El “aura”, dentro de la jerga de internet, es una especie de puntuación imaginaria que representa presencia, carisma, seguridad o qué tan cool se ve alguien. Haces algo espectacular y ganas aura. Intentas verte interesante y terminas haciendo el ridículo: pierdes aura. Evidentemente nadie lleva una puntuación real. Es un juego colectivo, una manera irónica de hablar sobre algo que siempre ha existido: el prestigio social.

Porque farmear aura no es realmente nuevo. Lo nuevo es el nombre. Los seres humanos llevamos toda la vida intentando impresionar a otros. Lo hacemos con nuestra ropa, nuestras habilidades, nuestra música, nuestro humor, nuestro conocimiento, nuestra forma de bailar, el deporte que practicamos o incluso con la manera en que caminamos cuando sabemos que alguien nos está mirando. El adolescente que hace treinta años intentaba hacer el mejor truco con una patineta frente a sus amigos también estaba farmeando aura. El que dominaba una maquinita también. El que bailaba mejor que todos en una fiesta también. Cambian los códigos, pero la necesidad humana de reconocimiento y pertenencia permanece.

cringe farmear aura | Casi Creativos

Todas las generaciones farmeamos aura, aunque ahora finjamos que no

Existe una amnesia generacional bastante conveniente. Crecemos y comenzamos a recordar nuestra juventud como si hubiera sido muchísimo más seria, auténtica e inteligente de lo que realmente fue. Vemos a un adolescente haciendo algo ridículo y pensamos que nosotros jamás habríamos hecho algo semejante.

La Gen X podía pasar tardes completas en las maquinitas jugando The King of Fighters o Street Fighter. Había retas, espectadores, reputaciones y personas esperando su turno para demostrar que podían derrotar al que llevaba media hora ganando. En términos actuales, alguien que destruía a todos en KOF estaba acumulando cantidades industriales de aura.

Otros jóvenes sacaban una grabadora, ponían un pedazo de cartón sobre el piso y comenzaban a bailar breakdance en plena calle. Alrededor se formaba un círculo de personas que observaban, celebraban y esperaban su turno. Si hubieran existido TikTok y el concepto de aura entonces, probablemente habríamos tenido exactamente los mismos videos.

Después llegaron las tardeadas, los skatos, los emos, los punks, los floggers, el tecktonik y decenas de culturas juveniles que fueron consideradas ridículas por algún adulto. Cada generación construyó sus propios códigos, lugares de encuentro, estéticas y maneras de hacerse notar. Y casi siempre ocurrió lo mismo: los adultos interpretaron aquello que no entendían como evidencia de decadencia.

Mi generación no tiene derecho a reprochar nada si nosotros hacíamos el Harlem Shake

También convendría tener tantita memoria histórica antes de utilizar la palabra “cringe”. Hubo un momento en que nuestra generación decidió que era perfectamente razonable reunir a veinte personas en un salón, poner a una bailando sola con un casco mientras las demás fingían no verla y, después de un corte, aparecer todos disfrazados haciendo movimientos completamente absurdos frente a una cámara. Lo grabábamos, lo editábamos, lo subíamos a internet y esperábamos orgullosamente que otras personas lo vieran.

Era el Harlem Shake.

Sobrevivimos.

También tuvimos el Gangnam Style, retos virales, fotografías con filtros espantosos, estados de Facebook que hoy preferiríamos borrar de la historia, videos de Vine, Dubsmash, Musical.ly y una cantidad extraordinaria de tendencias que dentro de su contexto parecían completamente normales. Así que quizá nuestra generación no sea precisamente la autoridad moral indicada para determinar qué formas de diversión juvenil son demasiado ridículas.

Y está bien. Hacer el ridículo también es parte de ser joven.

Hemos convertido el “cringe” en una forma de control social

Hay algo más profundo detrás de nuestra obsesión contemporánea con el cringe. La palabra parece inocente, pero puede convertirse en una forma bastante efectiva de disciplinamiento social. Decir que algo “da cringe” significa marcarlo como una conducta que debería provocar vergüenza. No bailes así porque das cringe. No te emociones demasiado porque das cringe. No te vistas así. No publiques eso. No seas demasiado intenso. No demuestres demasiado interés. No intentes llamar la atención.

El resultado es una cultura donde parecer indiferente puede llegar a ser más importante que disfrutar.

Y eso es bastante triste.

Cuando una sociedad castiga constantemente el entusiasmo con burla, produce personas que aprenden a observarse desde fuera todo el tiempo. Antes de bailar piensan cómo se verán. Antes de hablar piensan si alguien se reirá. Antes de intentar algo piensan si terminarán convertidos en un video viral. Es una especie de vigilancia colectiva donde ya ni siquiera hace falta que alguien nos prohíba algo: nosotros mismos aprendemos a censurarnos por miedo a parecer ridículos.

Por eso hay algo genuinamente saludable en un grupo de adolescentes dispuesto a hacer poses absurdas frente a cientos de personas. En cierto sentido están diciendo: sí, quizá se vea ridículo. ¿Y qué?

Finalmente, jóvenes sin celular

Aquí aparece una contradicción casi cómica. Nos pasamos años diciendo que los jóvenes estaban demasiado tiempo frente a las pantallas. Padres, maestros, especialistas, medios y adultos repitieron hasta el cansancio que había que recuperar la convivencia presencial. “Antes salíamos a jugar”, decían. “Antes conocíamos gente en la calle”. “Ahora todos viven en TikTok”.

Finalmente los jóvenes salen.

Se reúnen.

Hablan.

Se ríen.

Bailan.

Compiten.

Conocen desconocidos.

Ocupan una plaza.

Y entonces alguien comenta desde su teléfono: “Qué cringe”.

¿Entonces qué queríamos?

Porque parece que para ciertos adultos existe una versión muy específica de cómo deberían comportarse los jóvenes: deben salir de casa, pero hacer actividades que nosotros aprobemos; deben socializar, pero sin hacer demasiado ruido; deben ocupar los espacios públicos, pero sin incomodarnos; deben desarrollar una identidad propia, siempre y cuando esa identidad resulte comprensible para generaciones anteriores.

Eso no es querer que los jóvenes tengan libertad. Es querer que representen nuestra versión idealizada de la juventud.

Una plaza llena de jóvenes es una ciudad funcionando

Aquí es donde farmear aura deja de ser solamente una tendencia divertida y empieza a revelar algo mucho más interesante sobre nuestras ciudades. El espacio público no existe simplemente porque haya una banca, unos árboles y una explanada. Se vuelve verdaderamente público cuando las personas pueden apropiarse de él mediante su presencia.

Un parque vacío puede estar perfectamente diseñado y seguir siendo socialmente estéril. Una plaza llena de personas hablando, jugando, bailando, discutiendo, enamorándose, patinando, organizándose o simplemente perdiendo el tiempo está cumpliendo una función muchísimo más profunda.

Los encuentros producen vínculos. De una tarde absurda pueden surgir amistades que duren años. De un grupo de jóvenes reunidos alrededor de una actividad pueden surgir bandas, proyectos artísticos, colectivos, equipos deportivos, relaciones, comunidades e incluso movimientos políticos. La vida pública no aparece espontáneamente cuando cumplimos cierta edad. Se aprende participando de ella.

Un adolescente que siente que el parque de su colonia también le pertenece está desarrollando una relación completamente distinta con su ciudad que alguien que únicamente la experimenta como una serie de trayectos entre espacios privados.

Estamos convirtiendo las ciudades en lugares donde solo puedes existir si consumes

Esta discusión se vuelve todavía más importante cuando observamos qué está ocurriendo con nuestras ciudades. Buena parte de la convivencia contemporánea ha sido desplazada hacia espacios privados: centros comerciales, cafeterías, restaurantes, bares, cines, gimnasios y establecimientos donde nuestra presencia está condicionada directa o indirectamente por nuestra capacidad de consumo.

Quieres sentarte durante tres horas con tus amigos: compra algo.

Quieres escuchar música: paga.

Quieres entretenerte: paga.

Quieres realizar una actividad: paga.

Quieres conocer gente: probablemente también terminarás pagando.

La ciudad contemporánea ofrece cada vez más experiencias, pero muchas vienen acompañadas de una terminal bancaria.

Por eso una plaza llena de adolescentes haciendo algo completamente gratuito tiene incluso una pequeña dimensión política, aunque ninguno de ellos haya salido de casa pensando en hacer política. Están utilizando un espacio sin necesidad de convertirse en clientes. Están demostrando que todavía existen formas de convivencia que no necesitan una transacción económica para justificarse.

En una sociedad que intenta monetizar prácticamente cada aspecto de nuestra existencia, pasar tres horas haciendo tonterías con tus amigos sin comprar absolutamente nada también es una forma de recuperar la ciudad.

El espacio público no es únicamente un lugar para circular

Tenemos una concepción cada vez más funcional de las ciudades. Las calles sirven para desplazarse. El transporte para llegar al trabajo. Las banquetas para caminar. Las plazas para atravesarlas. Los centros urbanos para consumir. Todo tiene que servir para algo.

Pero habitar una ciudad significa muchísimo más que desplazarse eficientemente por ella.

También significa detenerse.

Encontrarse.

Hacer ruido.

Jugar.

Descansar.

Manifestarse.

Enamorarse.

Bailar.

Conversar.

No hacer absolutamente nada.

Cuando expulsamos esas actividades porque “estorban”, terminamos construyendo ciudades perfectamente funcionales para mover trabajadores y consumidores, pero pésimas para producir ciudadanos.

Una ciudad verdaderamente pública tiene que permitir cierta cantidad de espontaneidad, desorden e incluso incomodidad. De lo contrario, el espacio público termina convertido en una especie de pasillo enorme entre propiedades privadas.

Mil veces que estén en la calle “dando cringe” que encerrados viendo al temach

Hay otra razón por la que deberíamos preocuparnos muchísimo más por la ausencia de espacios juveniles que por la existencia de batallas de aura.

Los adolescentes necesitan pertenecer a algo.

No es una falla generacional. Es una necesidad humana.

Necesitan reconocimiento, identidad, referentes, amistades y comunidades. Si nuestras ciudades dejan de ofrecer lugares donde esas necesidades puedan satisfacerse presencialmente, las necesidades no desaparecen. Simplemente migran.

Y ahí están los algoritmos esperando.

Una persona joven aislada puede encontrar comunidades maravillosas en internet, pero también puede caer en espacios donde la frustración personal se transforma en resentimiento colectivo, donde alguien siempre ofrece un enemigo al cual culpar y donde discursos de misoginia, odio, humillación o radicalización ofrecen una explicación aparentemente sencilla para problemas complejos.

Por eso, sí: Mil veces que estén en la calle “dando cringe” que encerrados viendo al temach.

No porque bailar en una plaza sea una vacuna mágica contra discursos dañinos ni porque internet sea inherentemente malo. La cuestión es más sencilla: necesitamos reconstruir espacios donde los jóvenes puedan encontrar reconocimiento, identidad y pertenencia también fuera de los algoritmos.

Una sociedad que elimina los espacios de convivencia y después se sorprende porque los adolescentes construyen toda su identidad dentro de comunidades digitales está ignorando su propia responsabilidad.

La soledad también es un problema político

Nos gusta tratar la soledad como si fuera exclusivamente un asunto individual. “Sal más”. “Haz amigos”. “Conoce gente”. Pero pocas veces preguntamos dónde se supone que una persona debe hacer todo eso.

¿Dónde conoce gente un adolescente sin dinero?

¿Dónde se reúne un grupo de jóvenes que no puede pagar regularmente restaurantes o cafeterías?

¿Dónde puede pasar horas sin que alguien espere que consuma?

¿Dónde puede probar una actividad sin pagar una membresía?

La infraestructura social importa.

Parques, bibliotecas, centros culturales, deportivos, plazas, escuelas abiertas a la comunidad y espacios juveniles son tan importantes para la vida de una ciudad como muchas de las infraestructuras que consideramos indispensables.

Cuando esos lugares desaparecen, se privatizan, se abandonan o se vuelven hostiles para los jóvenes, no desaparece solamente el ocio. Desaparecen oportunidades de encuentro.

Y una sociedad con menos lugares para encontrarse inevitablemente tendrá más personas solas.

No todo tiene que convertirse en contenido, dinero o productividad

También deberíamos preguntarnos por qué nos cuesta tanto aceptar una actividad que aparentemente no sirve para nada.

Vivimos bajo una lógica donde cada pasatiempo debe convertirse en una oportunidad. Si dibujas, deberías vender tus dibujos. Si haces ejercicio, deberías documentar tu transformación. Si sabes algo, crea un curso. Si tienes una afición, monetízala. Si sales de viaje, genera contenido. Si eres joven, empieza a construir tu marca personal.

Incluso el ocio ha sido colonizado por la productividad.

Por eso resulta casi refrescante observar algo tan inútil como una batalla de aura.

Dos personas haciendo poses.

Cero productividad.

Cero networking.

Cero optimización.

Cero emprendimiento.

Simplemente diversión.

Y quizá necesitamos defender con mucha más fuerza nuestro derecho a hacer cosas inútiles.

Porque una amistad también puede comenzar perdiendo el tiempo. Una identidad puede construirse bailando. Una comunidad puede empezar alrededor de una tontería. No todo aquello que mejora nuestra vida puede medirse en dinero, certificados, seguidores o experiencia laboral.

Las batallas de aura son lo más sano que le pasó a la sociedad este fakin año

La frase es exagerada, obviamente, pero precisamente por eso funciona.

En una época marcada por feeds personalizados, entretenimiento individual, relaciones mediadas por aplicaciones y algoritmos diseñados para mantenernos mirando una pantalla, cientos de jóvenes están encontrando una excusa para reunirse físicamente.

No están solucionando la crisis de vivienda.

No están acabando con la desigualdad.

No están reconstruyendo el tejido social del país mediante poses.

Pero están haciendo algo mucho más pequeño y básico que también necesitamos: están estando juntos.

Y hemos normalizado tanto el aislamiento que ver a personas reuniéndose simplemente para divertirse empieza a parecer extraordinario.

La cultura juvenil no tiene obligación de hacerte sentido

Existe algo que algunas generaciones adultas necesitan aceptar: eventualmente dejamos de ser el público objetivo de la cultura juvenil.

Y no pasa nada.

No necesitas entender por qué una pose da aura.

No necesitas utilizar sus palabras.

No necesitas escuchar su música.

No necesitas vestirte como ellos.

No necesitas entender cada meme.

No necesitas participar.

Solo necesitas reconocer que ellos tienen exactamente el mismo derecho que tu generación tuvo a construir códigos propios.

De hecho, una cultura juvenil completamente comprensible para sus padres probablemente sería una cultura juvenil bastante extraña. Parte de construir identidad consiste precisamente en diferenciarse de quienes vinieron antes.

El conflicto generacional no es nuevo. Lo preocupante es cuando dejamos de decir “no lo entiendo” y empezamos a decir “por lo tanto, está mal”.

Algún adulto también pensó que tú eras insoportable

Hay algo casi inevitablemente cómico en envejecer. Pasamos nuestra juventud criticando a los adultos que decían que nuestra música era ruido, que nuestra ropa era ridícula y que nuestra generación estaba perdida. Después pasan los años y un día nos descubrimos diciendo exactamente las mismas frases con palabras diferentes.

Antes era “estos muchachos están perdidos”.

Ahora es “qué cringe”.

Cambió el vocabulario. La actitud es idéntica.

Algún adulto pensó que tus pantalones eran ridículos. Que tu peinado era absurdo. Que tu música no era música. Que tus videojuegos eran una pérdida de tiempo. Que internet iba a destruirte. Que tu forma de hablar era estúpida.

Y probablemente te molestaba muchísimo.

No te conviertas ahora en esa persona solamente porque finalmente te tocó estar del otro lado de la brecha generacional.

El derecho a la ciudad también es el derecho a sentirse parte de ella

Hay una idea fundamental detrás de todo esto: una ciudad no debería sentirse como un lugar que simplemente tolera nuestra presencia mientras trabajamos y consumimos.

Deberíamos poder sentir que nos pertenece.

No como propiedad privada, sino como experiencia colectiva.

Cuando un grupo de adolescentes se reúne cada semana en una plaza, empieza a desarrollar vínculos con ese lugar. Ese árbol se convierte en “donde nos sentamos”. Esa explanada es “donde hacemos las retas”. Esa esquina es “donde conocí a tal persona”.

El espacio abstracto se convierte en lugar.

Y cuando eso ocurre, la ciudad deja de ser solamente infraestructura.

Se convierte en memoria.

Las personas protegen aquello con lo que desarrollan vínculos. Quien siente que un parque forma parte de su historia tiene más razones para preocuparse cuando quieren abandonarlo, privatizarlo, destruirlo o impedir que la gente lo utilice.

Por eso permitir que los jóvenes habiten la ciudad también significa permitir que construyan una relación política y emocional con ella.

Todos farmeamos aura. Solo que antes no se llamaba así

Dentro de diez o quince años probablemente habrá adultos jóvenes viendo videos de sus batallas de aura y preguntándose cómo pudieron hacer aquello en público.

Perfecto.

Eso significa que tendrán recuerdos.

Nosotros tenemos fotografías espantosas. Peinados inexplicables. Videos del Harlem Shake. Perfiles de Metroflog. Estados vergonzosos de Facebook. Tardes jugando maquinitas. Retas de tecktonik. Horas sentados afuera de una plaza sin hacer absolutamente nada.

Esa es precisamente la gracia.

La juventud no debería vivirse intentando producir únicamente recuerdos que nuestra versión adulta considere dignos.

También necesitamos recuerdos absurdos.

Déjales farmear aura

Así que cuando veas un parque lleno de morritos y morritas haciendo poses, bailando, riéndose y compitiendo por puntos imaginarios de carisma, quizá la pregunta menos interesante sea si están dando cringe.

Mira un poquito más allá.

Hay personas jóvenes que salieron de sus casas.

Se encontraron.

Están compartiendo un espacio que no exige necesariamente que compren algo.

Están desarrollando códigos propios.

Están conociendo personas.

Están construyendo recuerdos.

Están experimentando con su identidad.

Están utilizando la ciudad.

Están haciendo comunidad.

Y eso importa especialmente en una época donde nuestras ciudades se privatizan, nuestra atención se comercializa, nuestros espacios de convivencia desaparecen y cada vez más aspectos de nuestra identidad son mediados por plataformas cuyo negocio consiste precisamente en mantenernos mirando una pantalla.

Quizá mañana la tendencia desaparezca. Probablemente aparecerá otra todavía más incomprensible para nosotros. No importa.

Mientras no hagan daño a nadie ni se hagan daño entre ellos, déjales tener algo que sea suyo.

No tienen que hacerlo para que tú lo entiendas.

No tienen que divertirse de la misma manera que tú.

No tienen que vivir una versión de la juventud aprobada por adultos.

Y, sobre todo, no necesitan convertirse en consumidores para justificar su derecho a estar en una plaza.

Así que no seas el viejo vinagre que juraste que nunca ibas a ser.

Guárdate tantito el “qué cringe”.

Celebra que el parque esté lleno.

Porque quizá esos morritos creen que solamente están farmeando aura.

Pero también están farmeando amistades, historias, identidad, comunidad, recuerdos, vida pública y algo que cada vez parece más difícil de encontrar en nuestras ciudades:

la sensación de pertenecer a algún lugar.

Déjales farmear aura.

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