Lo ocurrido en Venezuela el 3 de enero no puede entenderse únicamente como la caída de un gobierno ni como la detención de un presidente. Tampoco como un episodio aislado de política exterior. Lo que sucedió abre una conversación mucho más inquietante: si el mundo está entrando, sin declararlo abiertamente, en una etapa que durante décadas se ha llamado Nuevo Orden Mundial, donde la soberanía, las reglas internacionales y la autodeterminación de los pueblos comienzan a ser opcionales frente al poder militar y narrativo de unas cuantas potencias.
Este artículo no busca defender dictaduras ni justificar regímenes autoritarios. Parte de una postura clara: ninguna dictadura merece ser defendida. Pero también sostiene algo igual de incómodo: la caída de una dictadura no legitima cualquier método, y menos cuando ese método redefine cómo funciona el poder en el mundo entero.
Qué pasó el 3 de enero en Venezuela y por qué marca un precedente global
El 3 de enero, Estados Unidos ejecutó una intervención directa en Venezuela que terminó con la detención de Nicolás Maduro, acciones militares dentro del territorio venezolano y un discurso oficial que hablaba de “democracia”, “seguridad” y “transición”. El mensaje fue claro: una potencia decidió que tenía la autoridad moral, política y militar para actuar sin un consenso internacional sólido.
Esto no es menor. Durante décadas, el derecho internacional se construyó precisamente para evitar esto: que una sola nación actuara como juez, jurado y ejecutor del destino de otra. Cuando ese principio se rompe, no se rompe solo para Venezuela, se rompe para cualquiera.
El precedente es peligroso porque normaliza la idea de que:
- Las fronteras pueden ignorarse si el discurso es “correcto”.
- La soberanía es condicional.
- La fuerza puede sustituir a la ley sin consecuencias reales.
Y cuando eso ocurre, el mundo deja de funcionar bajo reglas compartidas y comienza a funcionar bajo jerarquías de poder.
Estados Unidos como “salvador”: una narrativa que se repite
Desde hace años, Estados Unidos ha construido una narrativa persistente: la del salvador global. El país que interviene cuando otros “fallan”, que corrige gobiernos “incapaces”, que impone orden donde hay caos. Esta lógica no es nueva, pero sí cada vez más explícita.
Bajo esta narrativa, las crisis ajenas se convierten en justificaciones morales. No importa si hablamos de Medio Oriente, América Latina o Europa del Este: el guion es similar. Hay un país en crisis, un régimen problemático y una intervención que se presenta como inevitable.
El problema no es solo la intervención en sí, sino la normalización del rol. Cuando una potencia se acostumbra a intervenir sin consecuencias, deja de verse como excepción y empieza a verse como derecho adquirido.
Venezuela no es el primer caso. Pero podría ser uno de los más claros en mostrar que el mundo ya no reacciona con alarma, sino con resignación.
El Nuevo Orden Mundial: de la caricatura a la realidad política
Durante años, el término Nuevo Orden Mundial fue ridiculizado. Se le asoció con conspiraciones absurdas, gobiernos secretos y exageraciones apocalípticas. Esa caricatura fue útil: impidió discutir el concepto de fondo.
En la práctica, el Nuevo Orden Mundial no necesita:
- Un solo presidente global
- Un solo idioma
- Una sola bandera
Le basta con algo más simple y más eficaz: centralizar las decisiones clave del mundo en pocos centros de poder.
Este orden se construye así:
- Crisis → miedo
- Miedo → aceptación
- Aceptación → pérdida gradual de soberanía
No se impone de golpe. Se administra.
Cuando el orden se vende como solución y el control como seguridad
Uno de los pilares del Nuevo Orden Mundial es la promesa de orden. Orden frente al caos, seguridad frente a la incertidumbre, control frente al miedo. Y funciona porque el miedo es una de las emociones políticas más poderosas.
Pero este intercambio siempre tiene un costo oculto:
- Menos autonomía
- Menos capacidad de decisión colectiva
- Menos margen para disentir
En nombre de la seguridad, se justifican medidas que, en otro contexto, serían inaceptables. En nombre del orden, se normaliza la vigilancia, la intervención y la militarización.
Venezuela se convierte así en un laboratorio: un lugar donde se ensaya hasta dónde puede llegar esta lógica sin generar una reacción global real.
La distopía como advertencia: cuando la ficción deja de ser exageración
Las novelas distópicas no nacieron como entretenimiento vacío. Nacieron como advertencias. Escritores y escritoras imaginaron futuros extremos para señalar peligros muy reales de su presente.
Algunas obras clave ayudan a entender lo que estamos viendo hoy:
- 1984 de George Orwell “La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza.”
Orwell advierte cómo el lenguaje puede invertirse para que la violencia se perciba como protección. - Un mundo feliz de Aldous Huxley
Aquí el control no llega con botas, sino con comodidad, distracción y estabilidad artificial. - Fahrenheit 451 de Ray Bradbury
La censura no siempre quema libros; a veces quema la capacidad de cuestionar.
Estas obras no hablan del futuro. Hablan de patrones de poder que se repiten.
El control de la narrativa: quien nombra la realidad la domina
Uno de los elementos más peligrosos del Nuevo Orden Mundial es el control del relato. No se trata solo de qué ocurre, sino de cómo se cuenta.
Hoy escuchamos:
- Bombardeos llamados “protección”
- Intervenciones llamadas “democracia”
- Ocupaciones llamadas “transición”
Cuando el lenguaje se vuelve herramienta del poder, la crítica se vuelve sospechosa y la duda se convierte en traición.
En el caso de Venezuela, cuestionar la intervención no significa apoyar a Maduro. Pero esa distinción se diluye a propósito, porque la polarización simplifica el debate y neutraliza la crítica.
Venezuela como advertencia para América Latina y el mundo
Para América Latina, este episodio tiene una carga histórica enorme. La región conoce bien lo que significa ser escenario de intervenciones “necesarias”. Conoce el discurso, conoce las consecuencias.
El mensaje implícito es inquietante:
La soberanía es válida mientras no incomode.
Y si eso es cierto para Venezuela, puede serlo para cualquier país con crisis política, económica o social.
La polarización como herramienta del poder
En estos días, la conversación sobre Venezuela en redes sociales ha seguido un patrón muy reconocible. Basta con abrir X, Instagram o TikTok para ver frases repetirse una y otra vez: “si estás en contra de la intervención, entonces defiendes a Maduro”, “prefieres una dictadura antes que una intervención”, “por fin alguien hizo lo que nadie se atrevía”. Del otro lado, respuestas igual de automáticas: “Estados Unidos es el villano de siempre”, “todo es imperialismo”, “nada de esto importa porque Maduro ya cayó”. El debate se convierte rápidamente en un intercambio de etiquetas, no de ideas.
La discusión rara vez se centra en cómo se hizo la intervención o en qué precedente deja. En lugar de eso, la gente discute identidades políticas. No se analiza el acto, se juzga a la persona que opina. Si cuestionas la intervención, tienes que aclarar de inmediato que no apoyas la dictadura. Si celebras la caída de Maduro, se asume que avalas cualquier bombardeo o captura forzada. Así, el espacio para una postura crítica y compleja prácticamente desaparece.
En redes también se ha visto cómo se normaliza el lenguaje del poder. Frases como “era necesario”, “no había otra opción” o “alguien tenía que hacerlo” se repiten sin cuestionamiento. No se explica quién decide qué es necesario, ni quién define cuándo ya no hay alternativas. El evento deja de ser alarmante y se vuelve parte del flujo normal de noticias, como si capturar a un presidente extranjero fuera solo otro movimiento político más.
Otro patrón claro es la burla al miedo. Cuando alguien intenta señalar que lo ocurrido en Venezuela es peligroso a nivel global, la respuesta suele ser irónica: “ya llegaron los conspiranoicos”, “ya empezaron con el Nuevo Orden Mundial”, “relájense, solo es política internacional”. Esa reacción cumple una función clave: desacreditar la preocupación antes de que pueda convertirse en reflexión colectiva. Si el miedo se ridiculiza, deja de ser escuchado.
Mientras tanto, lo más importante queda fuera de la conversación: que no estamos discutiendo solo Venezuela, sino la normalización de una lógica donde el poder militar decide, el lenguaje lo justifica y la sociedad se divide discutiendo bandos. La polarización hace que peleemos entre nosotros, convencidos de que estamos defendiendo valores, cuando en realidad estamos evitando hacernos la pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando este mismo argumento se use mañana contra otro país, o contra cualquier sociedad considerada “problemática”?
Ese es el verdadero efecto de la polarización: no nos miente directamente, pero nos mantiene ocupados discutiendo lo superficial mientras lo estructural avanza sin resistencia.
¿Es este un punto de quiebre histórico?
La pregunta no es si el Nuevo Orden Mundial llegará. La pregunta es si ya está aquí y simplemente estamos demasiado acostumbrados para notarlo.
No vivimos en una distopía declarada. Vivimos en una transición silenciosa, donde cada excepción prepara el terreno para la siguiente.
Las distopías no comienzan con un golpe.
Comienzan cuando:
- dejamos de alarmarnos
- normalizamos lo impensable
- aceptamos que “no había otra opción”
Lo ocurrido en Venezuela no es el final de algo. Es una señal.
Y las señales, cuando se ignoran, suelen convertirse en consecuencias.