Ser pobre no es vergüenza, es resistencia frente a un sistema que nunca nos dio opción. En México, vivir con carencias no es solo una experiencia económica, sino también emocional y social. Según la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS 2022), 1 de cada 4 personas ha sido rechazada o humillada por cómo se viste, habla o por el lugar donde vive. Y detrás de cada una de esas experiencias hay una misma raíz: el clasismo, ese sistema invisible que convierte la desigualdad en culpa personal.
La vergüenza de ser pobre no nace sola. Nos la siembran desde chicos en la escuela, en la tele, en la calle. Nos enseñan que “salir adelante” es cuestión de esfuerzo individual, como si todos partiéramos desde el mismo lugar. Como si quien no logra escapar de la pobreza, fallara por no intentarlo lo suficiente. Pero ¿y si el problema no está en las personas, sino en el sistema que las empuja a sentirse menos?
Clasismo en México: cómo aprendemos la vergüenza de ser pobres
La vergüenza que sentimos por cómo vestimos o de donde venimos se aprende. Nos la imponen poco a poco, con miradas que juzgan, comentarios que hieren y mensajes constantes que nos dicen que valemos menos por no tener una posición privilegiada. Crecemos creyendo que la pobreza es un defecto personal, cuando en realidad es el reflejo de un país que ha normalizado la desigualdad y ha construido todo un sistema para culpar a quienes menos tienen.
Desde la infancia, aprendemos que hay formas ‘correctas’ de hablar, vestir y comportarse. Todo lo que se sale de ese molde (lo popular, lo humilde, lo distinto) se convierte en sinónimo de ignorancia o fracaso. Los libros de texto, los comerciales, las series y hasta la escuela premian lo blanco, lo caro, lo aspiracional, mientras que lo demás se invisibiliza o se ridiculiza.
Así se construye el clasismo: no solo desde el desprecio abierto, sino también desde la comparación constante que nos hace sentir que no somos suficientes. No es casualidad que muchas personas oculten su origen, cambien su forma de hablar o incluso se alejen de sus comunidades para encajar.
Al final, esto no es un capricho, sino un mecanismo de supervivencia en un país que ha confundido el valor personal con el nivel socioeconómico.
Cuando existir se vuelve motivo de rechazo social
¿En qué momento nos convencieron de que había que sentir vergüenza por existir como somos? Es absurdo y doloroso que algo tan personal como nuestro acento, nuestros gustos o nuestro estilo de vida se haya convertido en motivo de burla, rechazo o autocensura. Pero lo que este sistema nos hizo creer que es un defecto… en realidad es identidad. Y no tenemos por qué esconderla ni disimularla para encajar. Porque no hay nada vergonzoso en ser quien uno es: lo vergonzoso es que nos hayan hecho dudar de ello.
Lo que realmente incomoda es que existamos sin pedir perdón por ello. Este sistema necesita que sintamos vergüenza para que sigamos intentando parecernos a un modelo que no fue hecho para nosotros. Porque si empezamos a ver nuestra forma de vivir como válida —si dejamos de escondernos, de suavizarnos, de imitar—, el clasismo pierde poder. Por eso se castiga la autenticidad cuando nace desde abajo. Porque el orgullo de ser quien uno es, sin filtros, sin disculpas, representa una amenaza para todo lo que nos han querido imponer como “éxito”.
La pobreza no es un error: la trampa estructural del clasismo
Según datos del CONEVAL, más del 46% de la población en México vive en situación de pobreza. ¿De verdad podemos creer que casi la mitad del país simplemente no se ha esforzado lo suficiente? Ese número no habla de flojera, habla de un sistema que reparte mal las oportunidades y castiga más de lo que premia. Habla de millones de personas que trabajan todos los días, que hacen todo “bien”, y aún así no logran cubrir lo básico.
Y ni hablar de salir de la pobreza, porque en México nacer pobre casi siempre significa quedarse ahí. Según el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), una persona de los sectores más bajos tiene una altísima probabilidad de permanecer en ellos toda su vida, sin importar cuánto se esfuerce. El sistema está diseñado para heredar la pobreza, no para romperla, y la meritocracia funciona más como mito que como realidad.
Este relato individualista no busca motivar, busca silenciar. Porque si todo depende de ti, entonces ya no hay sistema que cuestionar ni injusticia que señalar. Y así, mientras unos acumulan privilegios, los demás cargan con la culpa de no haber “hecho lo suficiente”.
Medios y clasismo: cómo se reproduce la desigualdad en México
A través de la televisión, las telenovelas, la publicidad y ahora las redes sociales, se ha construido una narrativa repetitiva donde la riqueza es sinónimo de belleza, inteligencia y éxito, mientras la pobreza se asocia con torpeza, ignorancia y falta de valor. En lugar de cuestionar las injusticias que dividen a la sociedad, los medios muchas veces las reproducen como si fueran parte del orden natural.
Lo vimos por años en personajes como “La Chimoltrufia” o “Doña Lucha”, mujeres de clase trabajadora representadas como escandalosas y casi caricaturescas, mientras que los personajes “refinados” eran aspiracionales, siempre bien vestidos y con modales europeos. Así, lo que parece entretenimiento o inspiración, en realidad opera como una maquinaria que organiza qué cuerpos, acentos y formas de vida merecen visibilidad… y cuáles deben ser corregidas, ocultadas o ignoradas.
Y no es coincidencia. En los años 90, Emilio Azcárraga Milmo, entonces presidente de Televisa, lo dijo sin un poco de vergüenza: “México es un país de jodidos, y nosotros les damos entretenimiento para jodidos”. Esa frase, lejos de ser una anécdota, es una confesión. Muestra cómo desde los medios más poderosos se ha diseñado contenido no para empoderar ni educar, sino para mantener a las clases populares entretenidas, domesticadas y alejadas de la crítica. Todo para sostener la idea de que solo hay dos lugares: los que consumen y los que mandan.
Orgullo de clase: resignificar lo que antes fue vergüenza
El sistema dijo que nuestras vidas debían parecerse a otra: más ordenadas, más silenciosas, más “perfectas”. Que sentir, expresarnos y existir con intensidad era un lujo que no podíamos permitirnos. Pero la verdad es que cada una de esas enseñanzas era un intento de moldearnos, de que olvidáramos quiénes somos y de dónde venimos.
Cada calle, cada historia, cada forma de ser es nuestro verdadero valor. La fuerza no está en esconder lo que somos, sino en reconocerlo: en el barrio que cuida a sus habitantes, en la abuela que transforma su trabajo en cariño, en la vida que late con intensidad a pesar de todo. Allí se construye una identidad que no necesita aprobación, sino respeto. Y aunque la vergüenza que nos impusieron no se quite de la noche a la mañana, empezar a reconocer nuestra identidad es lo que va a comenzar a romper este sistema clasista.
Escribir no es un pasatiempo: es una forma de pelear contra las injusticias.
Como activista social busca señalar lo que otros prefieren ignorar. Si también crees que escribir puede ser un acto de resistencia, síguela.
Amar lo que somos: una forma de revolución contra el clasismo
Nos enseñaron a perseguir un éxito que nos aleja de lo que somos, pero amar nuestras raíces y nuestra historia también es una forma de pelear. En un país donde lo popular se ha visto como falla y lo humilde como castigo, reconocernos con dignidad es un acto radical.
No vamos a pedir perdón por nuestra voz, nuestro cuerpo ni nuestra calle. Cada gesto, cada palabra y cada historia que compartimos rompe un poco más el muro del clasismo y la indiferencia. No basta con resistir: hay que celebrar, reclamar y construir desde abajo, desde lo que siempre nos quisieron hacer ocultar.
La invitación es clara: cuestiona, habla, defiende y celebra lo tuyo. Reconocernos con orgullo no es solo resistencia: es construir futuro. Cada uno de nosotros tiene el poder de encender el cambio, y ese futuro empieza contigo.
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